Entrevistas Alumni

Marit Maij - Entrevistas UOC Alumni
Marit Maij
05/09/2019
Juan Vilá
Alumni


Máster universitario de Derechos Humanos, Democracia y Globalización





«Existen muchas maneras de llegar a Europa de forma legal»
 

Marit Maij, presidenta de la Junta del Comité Nacional Neerlandés en ONU Mujeres y enviada especial para migraciones del Ministerio de Asuntos Exteriores de los Países Bajos

Durante cinco años fue diputada en la Cámara de Representantes de los Países Bajos. Cursó el máster universitario de Derechos Humanos, Democracia y Globalización de la UOC y ha trabajado también en el Parlamento Europeo y en las embajadas de Costa Rica y Pekín. Con un currículum así, aún encuentra tiempo para colaborar con una pequeña ONG para enseñar neerlandés a los recién llegados. Quizá por eso, cuando le ofrecieron participar en la Jornada Alumni Madrid 2019, eligió hablar de un tema que conoce bien: los menores migrantes y refugiados.

 

 

Ha centrado su ponencia en los niños y adolescentes migrantes y refugiados. ¿Quiénes son?, ¿qué edades tienen?, ¿podríamos establecer un perfil o una serie de perfiles?

Son todos diferentes. Hablamos mucho de grupos y de flujos de migrantes, buscamos soluciones globales, pero nos olvidamos de que también son individuos y que hay que buscar soluciones pequeñas para cada uno de ellos.

¿Hay alguna cifra oficial?

La cifra oficial es de 250 millones, según la Organización Internacional para las Migraciones. Pero eso incluye tanto a alguien que se ha enamorado de una persona de otro país y decide irse a vivir con ella como a quienes migran por razones sociales y económicas, porque no tienen medios de vida en sus países. Otro aspecto interesante es que, en contra de lo que pensamos, la mitad de los migrantes son mujeres y la otra mitad, hombres.

¿Hay cifras de menores?

No, pero en los campamentos de refugiados hay muchos niños. Yo doy el ejemplo del campamento Zaatari, en Jordania, donde viven muchos sirios que llegaron a partir de 2011 y casi un 20 % tiene menos de cinco años.

¿Qué encuentran esos menores cuando llegan a Europa?

Para los niños muchas veces el entorno es bastante acogedor. Cuando escuchamos el discurso público, tendemos a pensar que la gente no es tan abierta hacia los refugiados o los migrantes, pero, si lo miramos más en detalle, puede verse que en Europa hay muchas personas dispuestas a recibir a quienes necesitan protección y ayuda.

¿Qué es lo que más necesitan?

Un ritmo normal de vida, unas rutinas. En Atenas hablé con un chico de 17 años que venía de Afganistán. Había nacido en un campo de refugiados de Irán, sus padres se quedaron y él estuvo tres años viajando. E imagino que antes tampoco tuvo ni seguridad ni un ritmo de vida. ¿Qué futuro le espera a un niño o un adolescente así? Es muy importante que aprendan lo que es una vida normal: dormir por la noche, levantarse por la mañana y desayunar, ir a la escuela o al trabajo, tener amigos y no esos contactos superficiales que establecen durante sus viajes… Si no, son muy vulnerables y puede haber personas que abusen de ellos.

¿Qué medidas cree que habría que tomar?

Lo difícil es ver cómo apreciamos y valoramos en Europa la situación de los países de origen. Por ejemplo, un refugiado de Eritrea tiene más posibilidades en unos estados que en otros con la misma historia y la misma trayectoria. Hay criterios generales, pero la aplicación es distinta en cada Estado; aún no hemos conseguido ponernos de acuerdo para que esa persona, si tiene protección en España, tenga la misma protección en otro país.
 

La situación se complica con los llamados menas, los menores no acompañados.

Sí, es difícil darles un ritmo y un entorno de protección. A veces tienen familia en sus países de origen o en algún campamento si son refugiados. Hay que preguntarse qué es lo mejor para ese niño: si estar con su familia en un país fuera de Europa, pero con personas que hablan su idioma y le entienden, o buscar un futuro aquí. No hay una solución única para todos y, cuando cumplen 18 años, ya son mayores de edad y pierden mucha de la protección que tenían. Los más vulnerables son los que van de los 15 a los 20 años, porque a los más pequeños muchas veces se les encuentra una familia de apoyo, donde enseguida aprenden, van a la escuela, juegan con sus compañeros, etc. Pero vienen muy traumatizados.

¿Una política de fronteras abiertas sería la solución?

No sé si sería una solución. Comprendo el derecho que tiene cada país de saber quién vive en su territorio. Necesitamos aduanas y fronteras para controlar quién viene y por qué. Además, existen muchas maneras de llegar a Europa de forma legal. El problema es que mucha gente no lo sabe o no tiene los medios para acceder a ellas. Los traficantes de personas saben cómo ofrecer sus servicios. Conozco a gente que ha pagado miles y miles de euros para llegar a los Países Bajos y es una lástima gastar todo ese capital para estar en una situación irregular y luego tener que volver a tu país porque no tienes derecho a la residencia o a la protección. Hay que informar más de las posibilidades legales que existen.

¿Vincularía el auge de la extrema derecha con la inmigración o cree que existen más motivos?

Creo que también tiene que ver con otras cosas, como los derechos de las mujeres. Es una mezcla rara de conservadurismo, nacionalismo… No es solo contra la gente que viene de fuera o que tiene otra religión, muchas veces estos mismos grupos están en contra de los derechos de las mujeres. Argumentan que las mujeres tienen que estar en sus casas, tener hijos y no disponer del derecho a decidir cuántos hijos tienen o si recurren al aborto. El aborto es un derecho que vuelve a ser discutido cuando hace diez años nadie se lo planteaba.

¿A qué problemas añadidos o a qué peligros se enfrentan las mujeres que deciden migrar?

En el caso de las personas que vienen de manera irregular, las mujeres son más vulnerables porque hay mucha explotación sexual. Ese es un riesgo enorme, sobre todo para las que vienen de los países africanos y acaban en centros de detención de Libia o en otros países de tránsito. Y el riesgo continúa cuando llegan a Europa. Muchas mujeres que vienen de Nigeria, por ejemplo, creen que van a trabajar en un hotel o un restaurante. Saben que hay un riesgo, pero piensan que a ellas no les puede pasar. La realidad es que casi todas las mujeres jóvenes nigerianas, entre 15 y 25 años, acaban en la prostitución ilegal. Son situaciones espantosas.

¿Cómo cree que habría que actuar en esos casos?

Informando en el lugar de origen, porque casi todas vienen de una región muy concreta de Nigeria, el Estado de Edo. También recuerdo haber hablado con una ONG en Sicilia. Tenían un grupo de mujeres nigerianas que trataban con las recién llegadas y les daban su teléfono. Les decían que las llamaran a ellas y no a las personas que les habían dicho en su país. Es una forma de sacarlas de las redes de explotación sexual. Es además muy importante el trabajo de la policía para identificar los centros de prostitución ilegal y actuar contra ellos.

Al margen de la inmigración, ¿cuáles considera que son las principales desigualdades con las que las mujeres se encuentran en Europa?

Me parece muy interesante que un país como España sea más igualitario que los Países Bajos. Creo que en mi país somos muy avanzados, hablamos mucho y tenemos mucha libertad sexual, pero no en cuestiones de género.
 

¿Cuáles son esas diferencias?

Cuando ves el número de mujeres políticas, de ministras, por ejemplo, aquí es mayor. O de mujeres catedráticas o directivas. Es un fenómeno muy raro. En los Países Bajos la mayoría de las mujeres trabajan a tiempo parcial, dos o tres días a la semana, y así es más difícil hacer una carrera.

¿Están mal vistas las madres que trabajan?

Mitad y mitad. Siempre puedes escuchar a gente que dice que si tienes hijos es para cuidarlos y no para llevarlos a la guardería. Es algo muy contradictorio y vamos muy despacio. El problema de que la mujer trabaje a tiempo parcial es que su independencia económica es muy baja. Se dice que solo el 50 % de las neerlandesas tienen independencia económica y, desgraciadamente, el 50 % de los matrimonios no sobrevive. Así que las mujeres separadas tienen problemas. Y está además el techo de cristal. Según la OCDE, los Países Bajos ocupamos el puesto 23 o 24. También en eso España está mucho mejor.

¿Le sorprende la evolución de España en este terreno?

Sí. Yo estudié en Barcelona entre los años 1991 y 1992 y entonces ya me di cuenta de que la situación era diferente. El trabajo de las mujeres estaba más normalizado, no era un tema de discusión.

¿Qué cree que podría hacerse?

De cara a la ley somos iguales en toda Europa, gracias a nuestros padres y a nuestras madres, pero ahora hay que luchar contra la presión social y todo lo que no es la ley. En los Países Bajos también tenemos que mejorar la baja por paternidad. Cuando yo tuve a mis hijos, a mi marido le correspondieron dos días libres. Ahora son cinco.

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